El libro como proceso

La edición como proceso es un enunciado que se argumenta bajo la experiencia del libro de artista, uno de los motivos de estudio y realización de proyectos dentro de este ámbito tan poderoso como extenso que denominamos la impresión expandida.

Lejos de entrar en una disertación que defina el libro de artista contemporáneo solamente diré que entiendo el libro de artista como una respuesta de arte, ya sea individual en su proyecto o colaborativa. Con esta interpretación creo que afirmo los contenidos que dieron lugar al libro de artista de los años sesenta y, por consiguiente, enlazo con buena parte de sus aspiraciones que pueblan nuestra actualidad más reciente, ya que la vocación de antes y la de ahora se articulan en ser publicaciones de arte contemporáneo a un precio asequible y conectar con un vasto público.

En 1977 Sol Lewitt afirmaba que las condiciones que suscitan el interés por el libro en los artistas eran: ergonomía, reproductibilidad y transportabilidad a bajo coste. Aunque estos aspectos siguen vigentes, el nivel de difusión e interacción social de la comunicación artística se ha acelerado enormemente con el medio digital, por lo que el libro en la era digital es otra extensión discursiva de arte.


1. El libro como idea

Si examinamos el libro en cuanto a tal —“como cosa cohesionada”, pensando en Ed Ruscha— y lo relacionamos con la perspectiva digital, constataremos que su continuidad en la era digital se constituye en un marco performático de reflexión y registro de las prácticas artísticas. Observamos que a través del libro se abre un marco de producción distinta, que se enlaza a la impresión expandida y sus producciones en que el libro supone un foco de confluencia natural del desplazamiento entre tecnologías, por lo que constituye uno de los núcleos temáticos de nuestra área de investigación[1].

Actualmente, el interés que el libro de artista suscita en universidades, museos, bibliotecas y mercado artístico es muy importante. El libro como producción artística es una presencia real en el entorno y vemos que, cada vez más, se ha ido incrementando tanto su producción como su estudio. Hay que señalar que en la última década ha sido objeto de numerosas exposiciones y se ha presentado como otro modelo de registros del pensamiento artístico contemporáneo. Constituye un territorio de hibridación tan extenso como polimórfico ya que el libro es un campo experimental muy abierto, que dialoga con sus tradiciones y se proyecta en el futuro.

El libro de artista ante la revolución electrónica se ha revelado como una bisagra metafórica entre el libro y el entorno digital, ya que ambos tratan de la comunicación y del registro de información, así como también necesitan de la lectura para existir. La creencia generalizada de que el libro comporta una serie de limitaciones y carencias comparado con los recursos digitales tiene su origen en que se le considera como una forma estática, fija y finita. Es ésta misma condición fundamental y referencial que nos hace valorar el libro como resorte de imaginación para el proyecto de arte más que valorarlo como un modelo en que se contrasta la oposición entre tecnologías. Es precisamente en la formalización gráfica y en la impresión donde el libro como modelo se enlaza en el proceso tecnológico y se dispersa mediante la edición.

El libro como idea se erige como un lugar de contención de pensamiento, pero su estructura, su programa, son un elemento fundamental para el diseño de trasmisión textual en el entorno digital. Mediante el libro se dibuja un arco de desplazamiento de una tecnología antigua a otra y en su transición opera como un marco de traducción de los procesos creativos que se articulan en el medio digital.

Si pensamos que vivimos en la ficción proyectual de la lámina a la pantalla, las intenciones del proyecto del artista se determinarán en el despliegue de una producción que se posibilita desde los diferentes formatos y modos de exhibición que ofrece el medio tecnológico. Parámetros como archivo, impresión, autoedición —que son activos mesurables virtualmente en la proyección, navegación y animación de los contenidos visuales enlazados por una red de hipervínculos—, adquieren importancia poniendo de relieve una funcionalidad propia del libro. Esta es ahora paradigmática del desdoblamiento del libro en versión virtual o material, dimensiones elegibles en la estrategia artística. Por eso, en la actualidad, el poder del libro como proyecto y su despliegue constituyen un valioso territorio de pensamiento que obedece a una doble causalidad: a su registro temporal y a su capacidad de emisión de discursos que el artista puede hacer desde su uso.

La aportación del medio digital consiste en que reformula la interacción entre texto e imagen, ofreciendo otros modos de experiencia y comunicación creativas. Las estructuras elementales del libro —tales como la página, el archivo, la copia, la multiplicación, etc.—, trasladadas a la pantalla, abren un poderoso ámbito de ficción[2]. Mediante la plataforma digital se construyen, traducen y modifican la imagen y el texto, y es en la pantalla donde se proyectan las ficciones de la ideación, con la proliferación y diseminación audiovisual de los contenidos.

En este sentido cabe recordar que, en Johannesburgo (Paton, s. d.), se presentó una colección de libros de artista tangibles mostrada conjuntamente con libros virtuales realizados en soporte digital. Las últimas ediciones de Documenta no han dejado de profundizar en la coexistencia del libro como producción, interesándose por desplegar el libro en su proyección analítica, objetual, digital y en la instalación. Esta dimensionalidad especulativa incide en mostrar el libro como soporte, como ficción y proyección virtual, por lo que se convierte en modelo y recreación.

La percepción que se puede abstraer de todo ello es que el libro propone un lugar intelectual en el que mesurar la crisis del cambio tecnológico en relación a la comunicación del saber, al poner de relieve cuestiones tanto acerca de la lectura, de los lugares de la lectura, así como sobre la percepción del autor, del lector y del público.

El contexto contemporáneo se manifiesta por lo tanto entre estas cuestiones que centran y reactualizan los discursos de los trabajos de arte hoy, dibujando en su deriva una red donde la comunicación de las proposiciones y premisas visuales suscitan el diálogo entre el arte, la tecnología y el público.

Sin embargo, la etiqueta generalista de libros de artista esconde un espacio de hibridación, que se ha prestado a muchos equívocos y que permite situar en el mercado todas las tipologías de libros hechos por artistas, a veces sin orden ni concierto. El libro de artista de los años sesenta sigue siendo referencial y presta imaginación al horizonte del diseño de las publicaciones de los artistas. Nacido en la tensión del arte conceptual y el arte pop constituye el paradigma experimental de las poéticas contemporáneas e incide en contemplarlo como puro arte contemporáneo: el libro como proposición y experiencia de los registros del arte.

En la actualidad el libro persiste en comunicar pensamiento acerca del lenguaje, el contexto y la memoria. Sigue siendo un instrumento poderoso de su dispersión y enfatiza las transcripciones artísticas en una territorialidad difuminada entre los límites del saber. En su recorrido se ha transformado en una producción que no se basa ni en la disciplina ni en la profesión del artista, donde el usuario como autor toma un papel preponderante. En este horizonte se articulan relatos que tratan nociones como: la narración, la innovación, el activismo, la autoría y la originalidad, sujetas a una revisión dialéctica y continuada con respecto a los contextos. Estos están tan omnipresentes que afloran en el libro como voces en listas de enunciados, citas, tránsitos, micro–narrativas y constatación de toda clase de hechos y acontecimientos.

Sabemos que el libro de artista nace como una opción alternativa, con ánimo de ser una producción con vocación de apartarse del circuito galerístico y de confundirse con el entorno y la realidad impresa de las librerías y fondos archivísticos que pueblan el saber. Por tanto, surge con una voluntad de elección estética, que debe su formalización a una suerte de literatura gris, de impresión ordinaria que se produce y habita en toda suerte de trabajos y contextos. Las filiaciones del libro que se manifiestan en su metamorfosis como notas, cuadernos, archivos, documentos, revistas, fanzines y periódicos, se cartografían en los modos de reproducibilidad de los contextos en los que el libro explora. Es así que el libro se imagina la acción y la discursividad de la noticia y del fragmento, así como en la documentación neutra del impreso que destilan las disciplinas. Vemos que en su proceso y edición va creando una estética que sigue vigente y reactualizandose. Las señas de identidad y las características del libro de los años sesenta aún prestan imaginación al contexto del arte contemporáneo, que sigue fundamentándose en el texto, en el dibujo, la fotografía, en la dialéctica con la cultura de masas a través de la publicidad y las producciones que de ella se desprenden. Todo ello teje una suma de percepciones que se articula como síntoma, cuestión, creación y reciclaje de la sobreabundancia de comunicación impresa, que nos invade y que en su despliegue sigue reformulando el imaginario colectivo e individual.

Si pienso en el proceso de proyectar un libro observo que sigue conceptualizándose desde el germen de la página a la pantalla donde el diseño sujeta el manejo y ubicuidad de la información poética y, por tanto, del conocimiento y la expresión traducidos en una formalización tan desarrollada como comprimida. De la página al hipertexto, del flyer a la ciberpoesía, la textualidad visual se metamorfosea en una rica diversidad proyectual que se acelera desde la pantalla en su comunicabilidad.

La perspectiva que supone para los artistas el proceso de hacer un libro es un itinerario en el que la realización de un proyecto va de la exploración artesanal de la sucesión cinética del libro, en su maqueta y su preimpresión, hacia el examen de las implicaciones que este proyecto supone como producción. Por ello, el proceso del libro implica recorrer el diseño, la formalización y su propia fisicidad para producir un corpus estandarizado y económico mediante la edición. Esta se formaliza por distintas vías de producción: ya puede surgir desde la edición en la imprenta ya digitalizada o desde la propia autoedición digital.

La biología textual y gráfica que supone la experiencia del libro permite el desarrollo de un tema, su registro material o digital, donde el proceso de la imagen concluye en la impresión y la edición o su exhibición virtual suspendida en el espacio electrónico. En la pantalla se hacen experiencia ideas como serialidad y secuencia, produciendo un tejido rizomático que se formaliza en el discurso creativo desde el parentesco y la interacción entre texto e imagen. El proceso digital aporta al artista el control de todo el proceso de producción sin intermediarios y diluye la cadena intermedia del editor. También le permite explorar mediante y más allá de su tangibilidad como objeto, nociones de visualización, temporalidad y textualidad al investigar la animación performática del libro que ofrece la plataforma digital. Estos aspectos se redimensionan, desde distintos ejes de acción o funciones que el medio digital activa, como lugares en que desarrollar la narratividad en una virtualidad de realidad aumentada.

Podemos concluir esta breve reflexión del libro como idea para el proyecto de arte indicando su valor reproductivo y su independencia. Podría decirse, como he dicho más arriba, que los libros representan todavía las formas más flexibles y prácticas de transportar información a muy bajo coste. También, que son un territorio de transferencia de la independencia artística por la pertinencia que supone idear, hacer un libro y autoeditarlo. Al ser el libro el instrumento más ergonómico, fácil, y sencillo de manejar para transportar información, su uso reta y activa el imaginario del presente.

Estas notas reflexivas sobre el libro de artista introducen y sitúan el marco de presentación del trabajo de cinco artistas que informan de sus proyectos–libro. Mediante esta invitación a artistas que explican sus publicaciones hemos intentado mostrar y rodear aspectos que inciden en la naturaleza misma del libro de artista, hoy extrayéndolas de su universal polimorfismo y mostrarlas desde la perspectiva de estas producciones recientes .

Yann Sérandour presenta Serial readers, fortune et infortunes des livres d’Edward Ruscha [Lectores seriados, fortuna e infortunios de los libros de Edward Ruscha], un proyecto virtual que gira en torno a la complicidad de los trabajos en serie colgados en red de las apropiaciones de los libros de Ed Ruscha, hechos por distintos artistas. Es un proyecto de libro que habla e ironiza sobre el paradigma del libro de artista: 26 Gasoline Stations [26 estaciones de gasolina] del artista estadounidense. Sérandour es uno de los artistas franceses que más investigan los flujos de información y publicación, así como sobre su reactivación desde operaciones de infiltración y apropiación.

Isabel Banal y Jordi Canudas presentan Hospital 106 4o 1a. El lugar y el tiempo, un ejemplo de libro editado e impreso en offset que se manifiesta como ejemplo de la memoria contextual. Se trata de una publicación que recoge y compila el proyecto de diálogo, archivo y memoria de un contexto y un edificio desaparecido, así como de los cambios que ha supuesto la reforma urbana para una comunidad. El edificio de la calle Hospital 106 estaba ubicado del barrio barcelonés del Raval. Este libro nos ofrece un ejemplo del libro de artista que se proyecta como espacio de transcripción periódica y de colaboración colectiva.

Verónica Aguilera presenta su proyecto metalingüístico titulado Stylus, Azul Pantone 307 C. Surge de la experiencia de impulsar un concepto cromático como el azul en un work in progress realizado desde distintas impresoras de máquinas de fotocopias de la ciudad de Mataró. Es un proyecto que se basa en la verificación de la certeza y el error de los registros: las páginas de la tinta de impresión en la diversidad de muestras de azul. Es una publicación en fotocopia que examina la repetición y la diferencia en la doble vía de la publicación múltiple y única como libro, así como en su despliegue mural en el extenso conjunto de las páginas en la instalación.

Imma Ávalos presenta su libro ]heterotopías[, un proyecto de libro, realizado en autoedición digital, que surge de la exploración del dibujo vectorial como respuesta narrativa a los trayectos reales en el entorno, así como del imaginario interior que estos suscitan. Todos ellos surgen de un flujo que itinera en diversos ámbitos, capturando sus símbolos para construir un relato visual que se condensa en su percepción más abstracta y especulativa en varias vertientes: el libro como paradigma, el edificio como espacio simbólico de modificación en un contexto dado, la edición que cuestiona sus dispositivos como instalación y el artista que, como paseante, abstrae sus ficciones como testigo ocular.


NOTAS

[1]El libro, desde hace años, es un centro de interés importante en nuestros estudios, entendido como proyecto artístico y, por lo tanto, como práctica significante. En el Área de Grabado hemos desarrollado largamente propuestas en torno al libro desde las ópticas de distintos profesores. Estas se han hilvanado a lo largo de los años en los proyectos de las asignaturas de segundo y tercer ciclo, a lo largo de cursos de Doctorado y en el Máster Producciones artísticas e investigación.
[2]Derrida (2003), ya reflexionaba sobre la transcripción y deconstrucción del libro en su traspaso al ordenador.